Titulares

Nuestro Padre Jesús Nazareno


La imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno ha sido datada por la mayoría de los historiadores como una obra realizada entre 1669 y 1670, año en que sabemos que ya estaba concluida, aunque pendiente del último pago como se cita en el testamento del escultor Andrés Cansino.

El rostro del Señor es de gran realismo; con gesto de cansancio, fatigado pero sereno, posee la boca entreabierta, ojos entreabiertos, entrecejo levemente fruncido, nariz fina y recta. Estas características formales delatan la enorme influencia clásica de Andrés Cansino, que sabe perfectamente combinar con las influencias dinámicas del pleno barroco introducidas en Sevilla por su maestro José de Arce pocos años antes: la influencia barroquizante de Arce se advierte en el tratamiento del pelo y de la barba, trabajados en masas compactas.
Esta forma de trabajar la observamos en la portentosa cabeza de Nuestro Padre Jesús Nazareno: en su barba bífida y poco trabajada, el cráneo tallado a base de largos golpes de gubias, con mechones largos y sinuosos, como si estuvieran húmedos. La barba y el pelo de la bóveda craneal poseen un tratamiento suave, con mechones que caen  en masas desde el surco central de la cabeza, dando la sensación de cabellos humedecidos. La cabellera que cae desde las sienes hasta los hombros responde a un añadido reciente, que aunque sigue la estética de la imagen, no responden a la concepción original de la misma, aunque tampoco la desvirtúa.
El rostro mantiene su belleza primigenia: belleza formal, de acusados perfiles que denotan su cansancio. Jesús entreabre su boca y se denota su respirar jadeante, ojos caídos por el cansancio y la fatiga, pómulos marcados… es un rostro de belleza serena e idealizada que trasmite claramente la idea de la belleza de Dios. Su mirada se dirige al fiel, consiguiendo una comunicación mística entre la imagen y aquel que lo contempla. Las manos son portentosas y de gran fuerza expresiva, realistas y dramáticas parecen aferrarse al madero con resignación. Son manos expresivas, pero de una delicadeza exquisita que parecen acariciar el madero de la cruz.

El cuerpo del Señor es también reciente y responde a la apariencia del Señor según se recordaba antes de la intervención de Francisco Peláez del Espino en el año 1975. Sería un cuerpo encorvado por el peso del madero, con la pierna izquierda adelantada, rompiendo la frontalidad, girando el torso y la cabeza, en una postura inestable que parece que Jesús se va a caer. El actual cuerpo es una obra anatomizada del escultor sevillano Francisco Berlanga de Ávila, del año 1995 y vino a sustituir un anterior cuerpo obra de Francisco Peláez del Espino entre 1975-1976, cuyas estructuras metálicas que conforman el alma de la imagen, pusieron seriamente en peligro la estabilidad de la imagen.

La imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno es otro eslabón de la cadena de los Nazarenos de Sevilla y por tanto clave para estudiar la evolución de la escultura barroca sevillana en el tránsito hacia el pleno barroco. La imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno ha sido considerada por los profesores Bernáldez y Peláez como la obra cumbre de este artista, al que se le viene atribuyendo otras obras como el Santísimo Cristo de la Salud de la Cofradía de San Bernardo de Sevilla.



María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso


María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso es una imagen de autor anónimo, fechada tradicionalmente durante el último tercio del S. XVII o primer tercio del S. XVIII. Pero por esta datación tradicional podemos suponer como en los últimos años del S. XVII o durante las primeras décadas del S. XVIII, llegarían a nuestra Hermandad la Virgen y San Juan.

Podemos corroborar documentalmente la existencia de esta imagen desde el S. XIX a raíz de un inventario realizado tras la fusión de nuestra hermandad con la Hermandad Sacramental en el año 1847.

La Virgen del Mayor Dolor y Traspaso es una talla de candelero; es decir sólo tiene tallado sus el busto y las manos, pues el cuerpo es una estructura articulada para ser vestida. En sus rasgos faciales se constata un intenso dolor: mirada ausente, baja y al frente, boca entreabierta, entrecejo fruncido y ojos notablemente abiertos; por sus mejillas corren regueros de lágrimas y en su gesto advertimos un inspiración que la prepara para un llanto incontenido. El semblante de la Virgen ha cambiado sustancialmente desde sus orígenes: sus rasgos se han dulcificado y su fisonomía ha tornado hacia una juventud que le es ajena a su concepción.

Parece ser que fue restaurada varias veces en el S. XX, aunque estas restauraciones consistieron principalmente en retoques superficiales como la sustitución de lágrimas y pestañas o intervenciones en el candelero para afianzar la estabilidad de la imagen. En nuestro lenguaje actual podríamos considerar estar intervenciones como labor de conservación continua y preventiva, no restauración. Tenemos documentadas un par de intervenciones anónimas: en 1955 cuando se le colocaron nuevas pestañas y en 1958, cuando se le pusieron nuevas lágrimas y pestañas. Sin embargo, la imagen de la Virgen del Mayor Dolor fue restaurada profundamente en dos ocasiones: en 1970 por el escultor Antonio Gavira quien retocó levemente su mascarilla y le otorgó el aspecto que hoy conocemos y en 1995 por el escultor Francisco Berlanga de Ávila, quien le talló un nuevo candelero, repolicromó la imagen y le añadió nuevas lágrimas y pestañas. En el año 2015 la imagen fue sometida a una limpieza de policromía, consolidación del soporte y labores de conservación y restauración a cargo de doña Esperanza Fernández Cañero.

San Juan Evangelista

La imagen del discípulo amado San Juan Evangelista, talla de autor anónimo, fechado a finales del S. XVII o inicios del S. XVIII. No cabe duda que la imagen de San Juan Evangelista procede del mismo taller en donde se pudo realizar la imagen de la Santísima Virgen: las analogías entre ambas tallas así lo corroboran, a pesar de que trate de la representación de dos personajes ajenos entre sí.

De igual modo la existencia de esta imagen en nuestra Hermandad está documentada en 1847 gracias al inventario que se realizó tras la fusión temporal entre la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Sacramental de nuestro pueblo.

Iconográficamente la imagen sigue las líneas impuesta por Juan de Mesa en la talla que realizara hacia 1620 para la cofradía del Traspaso de Sevilla: imagen erguida, con los brazos en actitud de señalar el camino por la vía dolorosa, con rostro juvenil, leve barba y cierta expresión de compunción. En cuanto a los rasgos fisonómicos de la imagen del Evangelista denotamos en ellos un levemente dolor contenido, exteriorizado en la boca entreabierta y en las lágrimas que corren por las mejillas.

La hipótesis de que el autor que tallase a la imagen de San Juan fuese el mismo que tallara a la Dolorosa del Mayor Dolor y Traspaso, cobra más fuerza nos sólo al estar datadas ambas imágenes en el mismo marco cronológico, sino también en las analogías entre ambas imágenes. Las semejanzas son evidentes pese a tratarse de dos representaciones diferentes –una femenina y le otra masculina- pero que comparten el mismo gestado de dolor, miradas bajas y al frente, con la boca entreabierta, un entrecejo levemente fruncido y cejas poco expresivas con idénticos trazados. Las similitudes son más evidentes en el caso de las manos; a pesar de ser masculinas, las manos de San Juan poseen la misma elegancia y delicadeza que las manos de la Virgen, con incisiones muy marcadas en las palmas y con unos dedos finos, de los cuales el dedo índice sobresale notablemente respecto a la dirección de los otros dedos.


La imagen de San Juan Evangelista ha sido intervenida en varias ocasiones; sólo se constatan la restauración de 1995 a cargo del escultor don Francisco Berlanga, quien sustituyó su cuerpo por otro sin desbastar, limpió la policromía y añadió nuevas pestañas y lágrimas. En junio de 2007 el escultor sevillano José María Leal Bernáldez realizó varias labores de mantenimiento consistente en la limpieza y eliminación de cera en pies y peana y la reintegración de policromía en las lagunas provocada por los alfilerazos a la hora de ataviar la imagen. 



Nuestra Señora de la Merced


La imagen de Nuestra Señora de la Merced es una talla de autor anónimo, datado en el S. XVII y realizada en madera policromada y estofada. Preside el camarín del retablo mayor de la Iglesia Conventual del Corpus Christi de el Viso del Alcor.

Esta imagen gloriosa de Nuestra Señora de la Merced, fue incorporada a la hermandad desde el Cabildo General del 24-11-2000 como titular de gloria de la Hermandad.

Es una imagen, algo mayor que el natural, que presidió el antiguo retablo de estuco que se conserva detrás del actual. Iconográficamente la Virgen aparece sobre una nube, entre cabezas de ángeles, vistiendo capa, túnica y escapulario. Sigue la iconografía de la Virgen de la Merced, como Madre de Dios, llevando sobre su brazo izquierdo la imagen del Niño Jesús. Porta el cetro en la mano derecha y su Hijo sobre la mano izquierda, que aparece señalándose el corazón.

Presenta las características propias de la Escuela Barroca Sevillana: rostro joven e idealizado, la base ancha formada por ángeles y nubes, los pliegues del manto, la riqueza de los estofados o el carácter monumental, bello y clásico. La manera de llevar el Niño procede de los modelos del Bajo Renacimiento sevillano.


La talla fue restaurada posiblemente en el S. XVIII, cuando se le añadieron los actuales ojos de cristal y posteriormente entre los años 1996-1997 por los profesores José Gutiérrez Carrasquilla y Pedro Manzano, quienes realizaron una profunda limpieza de la imagen.


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